Año nuevo, vida vieja

Heriberto Forero es un hombre circunspecto. Vive en un pequeño apartamento de dos piezas en un barrio popular del suroccidente de Bogotá. Su vida de cincuentón solitario transcurre de manera monótona y fútil. En las mañanas muy temprano, después de un lento despertar, toma somnoliento un desayuno frugal, compuesto de café negro con pan francés duro de la víspera. La levantadora de color verde botella, ajada y con bastantes signos de vejez, lo protege del frío sabanero, mientras lava y ordena los trastos sucios acumulados los últimos tres días en el lavaplatos. Su rutina matinal continúa en la sala de baño. Allí lo acompañan su pequeña toalla descolorida, pero limpia, y una nueva cuchilla de afeitar Gillette. Con delicadeza y precisión se rasura frente a un minúsculo espejo amarillento, suspendido sobre el lavabo. Allí se enjabona y enjuaga la cara con vigorosa rapidez, emitiendo ese gruñido que usa la gente al despertar. Para terminar, se peina siempre a la Cary Grant con brillantina Moco de Gorila, que fía cada mes en la tienda de la esquina.

Su aspecto enjuto no le quita su elegancia natural. Se viste casi todos los días igual. Posee dos trajes de paño que alguna vez fueron elegantes: uno de color azul rey y otro chocolate con rayitas beige y doradas. Los dos han sido planchados un número incontable de veces, razón por la cual ahora sus telas brillan. Pero ambos están impecables. Esta mañana, Heriberto opta por el azul rey. Hoy es 31 de diciembre y esta noche será muy especial para él: se juega El Gordo de la lotería nacional. Su camisa blanca, también impecable, tiene el cuello un tanto raído pero liso y almidonado. Y sus viejos zapatos de cuero brillante, recién embetunados, le dejan pasar el agua por las cocadas de las suelas, gastadas hasta perforar las medias, debido a las largas patoniadas cotidianas en busca de empleo. Al ponérselos, cambia las plantillas de protección, hechizas en papel periódico, y piensa que sería bueno poder al fin comprar unos nuevos.

-Si me gano El Gordo esta noche, mañana mismo estreno zapatos ¡Estilo Manhattan!

Al salir a la calle revisa mentalmente el programa del día: alquilar el frac (corbatín y zapatos incluidos), comprar una botella de fino champán francés M y, sobre todo, ir a cancelar la última de las doce cuotas de la lotería nacional, que él y millones de personas compran a crédito cada año. Los sorteos juegan todos los meses una pequeña suma de dinero, la cual alimenta las esperanzas de riqueza de todo el mundo, y al final del año sortea el premio mayor en la noche de la San Silvestre, más exactamente en el duodécimo campanazo.

-¡La millonada carajo!

En su billetera lleva el fajo de billetes que le permitirá realizar sus sueños de grandeza. La mitad del dinero es el fruto de pequeños trabajos manuales. Heriberto es un maestro del rebusque, siempre detrás de un trabajito fácil y bien pagado. En general, consigue todos los días algo que hacer, porque con el tiempo se ha vuelto hábil, versátil: pintor de brocha gorda, ayudante de mecánica, plomero, albañil y hasta auxiliar de mudanzas, oficio que, debido a su edad, solo acepta en caso de crisis mayor. También sacrifica su régimen alimenticio durante todo el año: arroz y papa al mediodía y en la noche un platico de caldo mejorado. Dice la gente que tiene un hueso de res amarrado a una polea, encima de la olla, y que todas las noches lo deja caer unos minutos en la sopa durante la cocción. Luego, después de tres hervores, tira la fina cuerda, saca su hueso, lo escurre cuidadosamente y lo mete en la nevera al abrigo de los bichos. El rito se repite cada noche en una nueva y suculenta receta. La sopita le queda rica, sustanciosa, pero es poco alimento. Con el tiempo se ha puesto paliducho y débil, y la piel y los ojos se le han vuelto amarillentos, al igual que las gentes con problemas hepáticos.

El dinero faltante lo obtiene de una prestamista que le cobra el 30 por ciento de intereses mensuales. Como cada mes se queda sin plata para pagarlos, la usurera le carga una suma adicional a su crédito, correspondiente a los intereses por mora, de manera que la deuda aumenta vertiginosamente.

Heriberto organiza su programa en el bus que lo conduce al centro de la ciudad. En su afán de salir de las vueltas más fáciles, decide en primer lugar alquilar el frac en la calle doce, en el centro antiguo de la ciudad. Se trata de un viejo barrio tradicional en el que los comercios pululan de gente desde muy temprano en la mañana y hasta muy entrada la noche. Esa callecita es conocida por la calidad de los sastres que allí trabajan. Heriberto recorre una a una las sastrerías. Muchos trajes le gustan, pero los precios son más elevados de lo que pensaba. Convertirse en millonario merece todos los esfuerzos, piensa, pero tendrá que reducir el presupuesto del champán para poder alquilar su ajuar.

Después de mucho caminar, se decide por la oferta de la Sastrería Morales, que en una promoción de fin de año incluye gratis la camisa y hace una rebaja del 15 por ciento sobre el alquiler de los zapatos. Al ensayar estos últimos, un instante de rubor colorea sus mejillas: el amable asistente que le ayuda a probárselos, se percata de las plantillas en papel periódico al interior de sus zapatos. Ya vendrán tiempos mejores, le dice Heriberto con voz suave y pausada.

Hacia el mediodía, luego de pagar el alquiler y recuperar el ajuar perfectamente empaquetado, se dirige presuroso a la oficina de cobros de la lotería, para cancelar su última cuota. Entra, hace la cola, y cuando se acerca a la ventanilla de pago, se da cuenta de que no tiene su billetera en el bolsillo izquierdo de su chaqueta, lugar donde siempre la guarda. Su corazón se acelera, las piernas le tiemblan. Abre los paquetes en busca de su tesoro, pero nada, no está ahí. La oficina cerrará sus puertas en dos horas, le informa la empleada. Le advierte que si no paga esa última cuota, perderá el derecho de participar en el gran sorteo de la San Silvestre.

Hace frío y el sudor le corre por su frente. Regresa rápidamente a la sastrería para preguntar si no ha olvidado allí su billetera. ¡Pero nada! ¡Nadie sabe nada! Sin embargo, el cajero, solidarizado con la angustia que refleja su cliente, busca y pregunta con voz firme y estridente: ¿Alguien ha visto una billetera negra con el escudo del Santa Fe pegado atrás? ¡Pero nada! ¡Qué tragedia! Todo el dinero que poseía estaba allí: los ciento cincuenta mil pesos de la cuota, los treinta y cinco mil de la botella de champán, los cinco mil del paquete de cigarrillos Piel Roja sin filtro y unos cuantos pesos más para el bus de regreso. Su rito anual del frac y del champán se desmoronaba.

-¡Que joda, un año de sacrificios tirados a la basura debido a mi ineptitud y mi falta de seriedad ante los momentos fundamentales de la vida! Ya lo he vivido en otras ocasiones. ¿Cómo olvidar aquella mañana en la que, perdido en mis cavilaciones y dudas imbéciles sobre la existencia, llegué con dos horas de retraso a la iglesia, el día del matrimonio de mi hija mayor? Ella nunca me lo perdonó. Y yo tampoco me lo perdonaré jamás…

Heriberto Forero, ilustración de SLR.

Juepuerca, qué bruto!

Pero, muy a pesar de su consternación, Heriberto conserva su parsimonia habitual. Decide, pues, devolver el frac y recuperar el dinero para completar el monto de la cuota.

-Finalmente, es lo único que importa. ¿Qué más da? Tocará recibir la millonada en vestido de paño viejo y brillante y con cocadas en los zapatos.

Heriberto explica entonces al cajero su deseo de devolver el traje. Este, sin más tardar, llama al patrón. En ese instante, sale del fondo de la boutique el señor Morales, hombre calvo y de aspecto bonachón.

-¡Ah, señor Forero, qué bien que haya regresado, aquí le he guardado sagradamente su billetera! Es usted hincha del Santa Fe, veo. ¡Yo, prefiero el Junior de Barranquilla, aunque soy cachaco!

La reaparición de la billetera le da a Heriberto una de esas calenturas que suelen mandar la gente al piso. Susurra entre los dientes: ¡Gracias, Dios mío! ¡Gracias!

La empatía del personal de la boutique provoca calurosos festejos. Eufóricos, los vendedores, al igual que los clientes presentes, se entrelazan los unos a los otros, como si supieran que la billetera de Heriberto representara la fortuna de todos, como si esta constituyera la puerta de entrada al mundo maravilloso de una riqueza escondida en lo más profundo de sus sueños.

Sin más tardar, Heriberto guarda su billetera, bien apretada al corazón, corre a la oficina de la lotería y paga contento su última cuota. La cajera, quien se acuerda bien de él, y sobre todo de su cara blanca de susto, lo felicita y le dice que todo lo que le ha ocurrido es augurio de buena suerte. ¡Las puertas de un futuro feliz se abren otra vez!

Se dirige enseguida a la Cigarrería Central de la avenida Caracas con calle 18. Allí compra su champán M, los Pieles Rojas sin filtro y un habano cubano que se fumará en el festejo de la medianoche.

Al llegar a su apartamento se tira en el sofá, extenuado. Respira, al fin, profundamente, y piensa que estuvo al borde de la tragedia.

Nunca olvidaré a ese buen señor Morales, piensa.

La hora de El Gordo se acerca. Hacia las nueve de la noche, Heriberto inicia su rito. Toma una ducha, se afeita al ras y se embriaga de perfume. Poco antes, en su habitación, dispone sobre la cama los paquetes de su traje: la chaqueta azul medianoche en lugar de negra, pues excepcionalmente decidió cambiar de color para darse más suerte; el pantalón perfectamente planchado, con sus franjas de seda laterales; la camisa blanca, almidonada e impecable. Se viste con delicadeza controlando todos los detalles: se ata con destreza la pajarita al cuello y estira y frota con interminable paciencia el chaleco de piqué Al ponerse los zapatos de charol, siente una gran sensación de suavidad y confort, tal vez gracias a las medias en seda o a la precisión con la que el asistente de la sastrería los había escogido.

En la sala de su apartamento, solo, abre su botella de champán, se sirve una copa y, parado frente al televisor, pone su boleto de la lotería en la mesita de centro. Conoce su número de memoria, es el mismo de todos los años: 12231409, el día del nacimiento de cada uno de sus cuatro hijos. Hace bastante no se hablan. No es que a él lo hayan olvidado, es tan solo la distancia que les enfría el corazón. Espera en cualquier momento una llamada de, al menos, alguno de ellos. Al fin y al cabo es la víspera del Año Nuevo.

Perdido en sus recuerdos, un poco embriagado por el champán, siempre parado frente al programa bullicioso de la televisión, que anuncia sin cesar la llegada pronta del sorteo, Heriberto espera, paciente, durante tres horas.

A las doce de la noche, la tómbola deja caer las bolitas que forman una a una el número ganador. Por supuesto, como todos los años, y él lo sabe muy en el fondo de su ser, no coge ni la última cifra. Con ella hubiera podido recuperar al menos lo de la última cuota.

Se queda durante varios minutos como sin vida. Allí, parado, siempre frente a ese televisor estúpido que muestra gentes que lloran de alegría, algunos, de tristeza, otros. No piensa en nada, su mente está en blanco, su cuerpo inerte. Pero, estoico, sereno, su cerebro se despierta y piensa, al fin:

-¡Carajo, seguiré en la olla un año más!

A las doce y cinco, desilusionado, seguro de que no habrá ninguna llamada de los hijos, ni de nadie, ahora con la billetera definitivamente vacía, pero de cierta manera satisfecho de haber ejecutado su rito hasta el final, Heriberto termina su botella y se acuesta a dormir, solo y en paz.

Sí, Heriberto Forero es un hombre circunspecto. Por ello, al día siguiente, tranquilo y sin remordimientos, seguro de que la próxima vez el Gordo será para él, comienza a preparar nuevamente su rito anual del frac y del champán francés.

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