Las premisas de la delincuencia

Personaje maléfico del Carnaval de Barranquilla, Colombia.

La distancia que separa los gobernantes del planeta de las esferas económicas de decisión, y a estas de los intereses reales de los pueblos, sigue las mismas leyes físicas descritas por el gran Stephen W. Hawking en su libro Historia del tiempo

“Vivimos en un universo en expansión en el cual los cuerpos celestes, y con ellos las galaxias, se distancian cada día más unos de otros y a una velocidad cada vez mayor”. 

De cierta manera, se podría pensar que se trata de una fatalidad, puesto que, al igual que los entes del universo, los hombres parecen seguir las mismas leyes naturales. No obstante, algunos logran acercarse los unos a los otros. ¿Acaso seríamos más inteligentes que el universo? ¿O será que los hombres que se alejan entre sí constituyen un accidente cósmico? ¿O quizá el destino de la humanidad, regido por la naturaleza, es alejarse y exterminarse? En ese caso, ¿para qué perder el tiempo haciendo revoluciones estúpidas y escribiendo textos inocuos? 

O, por qué no, quizás el gran Stephen W. Hawking se equivoca, y ni el universo está en expansión ni los hombres se alejan entre sí: tal vez se trata tan solo de un horroroso malentendido entre los poderosos y los pueblos. 

La situación económica mundial del momento —a la que algunos atribuyen, de manera absurda, la calificación de “crítica”— nos demuestra con claridad que vivimos en sociedades naturalmente caóticas. La economía está regida por sombrías agencias financiadas por los magnates del poder económico mundial, encargadas de calificar la acción de los títeres que ellos mismos han colocado al mando de los gobiernos nacionales. 

Caricatura de Ann Telnaes, quien debió renunciar a su cargo después de que el propietario del Washington Post prohibiera su publicación. Los personajes son: Jeff Bezos, propietario del Washington Post y fundador de Amazon; Mark Zuckerberg, fundador de Meta (Facebook, Instagram, WhatsApp); Sam Altman, director de OpenAI (ChatGPT); y Patrick Soon-Shiong, propietario del Los Angeles Times. El ratón representa a Disney, que sorprendió al aceptar pagar 15 millones de dólares para cerrar una denuncia por difamación presentada por Donald Trump.

El desorden es tal que algunos reclaman el regreso del control económico a instituciones otrora odiadas, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. ¡Viva el capitalismo del siglo XX!, aclamarían hoy los dirigentes de izquierda. En los países del norte, los pobres tienen ingresos cien veces superiores a los de las clases medias del sur. Sin embargo, siguen siendo pobres. Los pobres del sur, por su parte, se dividen en pobres, más pobres, y más y más pobres… 

En ese sentido, Hawking nos remite una vez más a la ciencia, pues considera que el estado natural de la materia es el caos. En otras palabras, el sistema —o los sistemas— socioeconómico del hombre se encontraría actualmente en una fase de evolución positiva: cuanto más caótico, más cercano al estado natural de la materia. Hay que reconocer que, si ese es el caso, los hombres hemos sobrepasado todas las barreras del desorden social. 

Queda entonces una sola posibilidad que justifique tanta barbarie, tanta desigualdad, tanta miseria: que los hombres sean, por ejemplo, extraterrestres. O diabólicos —lo cual daría gusto a los locos de las biblias—. O estúpidos: me refiero a los pueblos. O, simplemente, que los no estúpidos hayan comprendido que hay muchos que sí lo son. 

En la naturaleza, en el cosmos, el caos es espontáneo. En las relaciones entre los hombres, en cambio, es solo un invento, una estratagema, un arma que permite dominar y aplastar. Y es de allí, de ese desorden, de donde nacen el odio y la tragedia. Los alcahuetes del poder son especialistas del desorden, y la delincuencia de Estado es la representación práctica del caos social. 

La masa es, al contrario de la naturaleza, ordenada: sigue los preceptos que se le indican, acepta el destino como una fatalidad, sin ejercer presión sobre quienes deciden —o muy poca, y solo en raros casos—. La historia muestra que las revoluciones que triunfan son aquellas sostenidas por clases favorecidas en conflicto con el poder vigente. 

“La masa es estúpida”, decía un amigo de viejas lides. Solo el individuo puede modificar su destino caótico en el universo. 

Parempuyre, febrero de 2015 

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