Memorias de un hombre feliz
… a quien un día conocí en tierras lejanas y cuya amistad conservamos y cultivamos hasta el final del camino.

La ruptura
En una madrugada del verano de 1982, los habitantes de Beirut sud se despertaron bajo un diluvio de bombas que vomitaban los aviones de la Fuerza Aérea israelí. Aunque la población beirutí soportaba los ataques del Tsahal desde hacía varios meses, los de aquel día habían aterrorizado a la gente por su singular violencia. Israel había comenzado la operación de guerra Paz para Galilea, que culminaría meses más tarde con la expulsión de la OLP del territorio libanés y dejaría un balance macabro de más de diecisiete mil víctimas. La intensidad y la cantidad de explosivos que se desplomaron del cielo cubrieron de horror y destrucción en pocas horas la ciudad entera, y las calles bermejas marcaron el destino violento de los dos pueblos hasta nuestros días.
La noche anterior al gran bombardeo, atracaba en el puerto de Beirut oeste uno de los últimos cargos que se aventuraban en la región. Se trataba del Katrina van de Golven, un gigantesco porta-contenedores que ondeaba bandera holandesa. El clima de inseguridad de la región exigía rapidez en las operaciones de descarga, por lo cual la tripulación disponía solamente de un día de permiso para recorrer la ciudad. Algunos marinos, mecánicos y otros miembros del equipaje del Katrina, bajaron a tierra sin tardar para disfrutar, como de costumbre, de los placeres mundanos de un puerto.
Una vez a tierra, todos constataron los rumores que corrían desde que zarparon de Le Havre, en Francia, un mes antes: ¡el Líbano estaba en ruinas!, decían los que regresaban del Medio Oriente. No había nada que hacer en ese lugar mórbido y sofocante. Allí, las balas y estallidos surgían de cualquier parte y las gentes cautelosas observaban tras las ventanas dislocadas a los marinos temerarios que desembarcaban de los buques.
Dentro del personal autorizado a bajar a tierra, se encontraba un grupito de tres compinches, conocidos de todos en el barco por sus paseos cotidianos sobre cubierta y las acaloradas discusiones políticas que allí entablaban. Estaba compuesto por Arvid Söderholm, el famoso cocinero sueco de las albóndigas de crema de nata con mermelada, cuyo toque secreto se encontraba al final de la cocción, cuando agregaba, directamente en la olla, un pote completo de confitura. El resultado era una salsa rosada de aspecto viscoso, poco apetecible a la vista, pero que, al fin y al cabo, todo el mundo degustaba en la mesa con placer.
Hugo Patiño era el segundo personaje. Llegó a la marina mercante poco después del golpe de Estado de Augusto Pinochet en Chile, en 1973. Sin saberlo, él cambiaría tiempo después el destino de la vida de Luis Barragán, último miembro del grupo y mecánico aceitero del barco.
Luis era un colombiano cuarentón, de baja estatura, pecho henchido y bíceps acerados. Su cara cuadrada de mandíbulas anchas le daba un aspecto salvaje, pero era en realidad un personaje amable y cariñoso, educado con buenas maneras, que vestía ropa sencilla y se expresaba en un español impecable. Se había enrolado en la marina mercante varios años atrás, cuando la desaparición y la tortura de varios de sus compañeros del Partido Comunista del Valle, a principios de la década de los ochenta, lo habían incitado a dejar su país y a buscar nuevos horizontes en el exterior. Tenía en sus manos un diploma de mecánico agrícola, con bastante experiencia en grandes motores diésel, lo cual le permitía encontrar fácilmente trabajo en los barcos. Poseía además un bagaje cultural envidiado por todos, cosechado durante toda una vida de lecturas, que iban desde los ensayos políticos hasta la literatura e historia universales. Hombre testarudo y perfeccionista, Luis no abandonaba nunca una tarea, un proyecto, aunque este pareciera descabezado.
Sus primeras incursiones en el mar las hizo en chalupas de pesca de bajo calado, de propiedad de Don Rodrigo Trujillo. Se embarcaba como mecánico al destajo en misiones que no duraban más de una semana. Don Rodrigo era el dueño de casi todos los barcos en que viajaba. Paisa, pereirano buena gente, era uno de esos hombres que no habían nacido ricos, pero que lograron con el esfuerzo, la honradez y la tenacidad hacer fortuna. Había llevado a Buenaventura dos atuneros modernos y todo el pescado que se cogía iba para Cali o para el interior del país.
Cuando creció la empresa, el gobierno colombiano le hizo la guerra, a él y a todos los pesqueros nacionales, de tal suerte que en poco tiempo los sacó del negocio. La exclusividad del atún fue entregada a los japoneses que sacaban del país todo el producto de la pesca, en especial el atún.
Fue en ese momento, cuando los pesqueros se quedaron sin trabajo en toda la región, que Luis conoció al capitán Billota. Este era un marino nato. Un día, de regreso de una larga expedición de pesca en Panamá, por una razón desconocida la brújula quedó inservible. Aunque estaban lejos de la costa, pues habían navegado más de veinticuatro horas en alta mar, supo encontrar, sin instrumentos, la ruta hasta Buenaventura.
—Necesito un mecánico, pero te voy a explicar la cosa… son misiones de pesca sin permiso —propuso Billota; Luis aceptó, reticente, pero confiado en que no sería por mucho tiempo.
La más larga y catastrófica de estas expediciones la vivió en un pequeño barco de quince metros de eslora. El navío nunca alcanzó su destino de Cabo Corrientes, caladero de gran reputación entre los pescadores artesanales al norte del Chocó.
Zarparon de Buenaventura el amanecer de un lunes cálido, bajo un cielo azabache y estrellado. La tripulación de El Dorian estaba compuesta por el capitán Billota, Luis y cuatro jóvenes ayudantes poco delicados y abiertamente atarbanes. Se trataba de una campaña de pesca que debía durar tres semanas. Desde el principio del viaje, Luis se alarmó e informó al capitán del estado deplorable de los dos motores:
—No sé hasta dónde llegaremos con estos fierros —le dijo. Pero Billota, que se consideraba un lobo de mar al que nada ni nadie podría detener, alzó los hombros y se marchó sin responder.
Navegaron hacia el norte sin tender las redes durante varios días. Las labores y los problemas comenzaron poco después. Se pescaba muy temprano por las mañanas en alta mar y luego se navegaba a baja velocidad muy cerca de la costa, con seguridad para no ser vistos. Esa actitud confirmaba que se trataba de maniobras ilícitas. En un país minado por el contrabando y el tráfico de drogas, encontrarse en un barco sospechoso puede transformarse rápidamente en una tragedia. Se sumó a esta preocupación el estruendo que hacía el motor principal a pesar de que las calas del barco se encontraban aún casi vacías.
El octavo día pasó lo que tenía que pasar. El primer motor se detuvo con un fuerte ruido. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Todo el mundo guardó un silencio absoluto, como esperando que por milagro el aparato arrancara solo. Pero no: nada pasó. Por el contrario, el navío se puso a derivar peligrosamente, pues al capitán Billota lo traicionaron su gran experiencia, su absoluta seguridad en sí mismo. Billota corrió hacia el cuarto de máquinas para ordenar a Luis que se apresurara a arrancar el segundo motor. Sin embargo, en el apuro, olvidó fijar el timón, de suerte que el barco quedó a la deriva. La proa giró poco a poco hasta dejar el costado de babor expuesto a las olas que golpeaban peligrosamente el casco. El mar se picó en segundos. Llegó una primera ola que escoró con fuerza el barco. Luego una segunda y enseguida una tercera, más alta, más agresiva, que casi lo hace zozobrar. El mástil se inclinó hasta el punto en que la cofa parecía tocar el agua. Los pescadores fueron lanzados como marionetas hacia la barrera de estribor mientras decenas de objetos eran arrastrados al agua. En medio de la algarabía, uno de los pescadores gritaba como un loco: ¡El timón, el timón! Sin más tardar, el capitán corrió como pudo sobre la cubierta inclinada y en dos o tres movimientos corrigió el rumbo del barco, segundos antes de que una cuarta ola gigante los hiciera pedazos y los arrojara al fondo del océano por la eternidad.
—¡Tiren el ancla!, gritó Billota. —¡El ancla, tiren el ancla!
El barco se detuvo por fin.
Luis comenzó una revisión detallada del motor. Al cabo de varias horas, el dictamen era catastrófico: la reparación era imposible, al menos a bordo. Como lo ordenó Billota, se puso en funcionamiento el segundo motor. Su ruido tampoco era muy alentador y su vida fue corta: pum, pum, pum, pum: arrancó y, pum, pum, pum, pum, se apagó diez minutos después.
La costa se distinguía en el horizonte. Sin embargo, más allá de la arena plateada, se observaba una selva espesa y no había ni habitación ni habitante a la vista.
—Si me trae el repuesto del segundo motor, se lo reparo aquí mismo, le dijo Luis al capitán.
El viejo, energúmeno, gritaba improperios y maldecía a todo el mundo, sobre todo a Luis, quien, al mismo tiempo, con gran parsimonia, le mostraba la pieza rota, mil veces reparada, mil veces mal soldada.
—¡Se jodió la carga! —decía el viejo rezongón, caminando de un lado a otro de la cubierta.
Las neveras no aguantarían más de dos días con los dos motores parados. Se decidió entonces, sin más tardar, que tres pescadores y el capitán partieran hacia la costa a bordo de uno de los dos botes salvavidas. Allí buscarían un transporte terrestre hasta Buenaventura, donde encontrarían la ayuda necesaria para regresar con los repuestos o un motor nuevo. Se subieron, pues, los cuatro hombres en la frágil embarcación y, en el momento exacto de partir, ya con el motor en marcha, el cuarto pescador dio un largo salto atlético y se subió casi a la fuerza en el bote.
Así, la pequeña embarcación se alejó entre la espuma de las olas. Solo y absorto, con la convicción de que lo estaban abandonando a su suerte en medio del mar, Luis escuchó con tristeza e incomprensión el eco de las risas burlonas de los cinco ocupantes del bote, que bogaba con rapidez lamiendo la costa en dirección del sur.
Perdido en la selva chocoana
Durante sus primeros años de vida en Cali, Luis había militado en las Juventudes Comunistas, en la época en que aún era posible discurrir de política y de sociedad en Colombia sin ser asesinado a la vuelta de la esquina.
Sus tareas de información lo llevaban a recorrer zonas apartadas del Valle del Cauca. Se requerían horas de viaje a pie y en mula entre las montañas agrestes de la cordillera Occidental para visitar cualquier finca de la región. Pero lo que hoy veía desde la embarcación donde se encontraba abandonado no tenía nada que ver con los paisajes de ensueño de la serranía de los Farallones. Aquí se trataba de un verdadero muro espeso de selva, justo detrás de la playa. Azul, blanco y verde eran los únicos colores que sus ojos percibían.
La primera fue una noche de soledad y de tranquilidad en el barco. Casi la había disfrutado, porque los pescadores y Billota lo tenían hasta la coronilla. Eran personas a quienes la miseria económica y la ausencia total de bienestar social les habían robado el más pequeño gesto de empatía. Durante el día, bajo un sol radiante, Luis reflexionó bastante sobre su proyecto de vida y sobre el sentido de esta aventura, poco productiva económica e intelectualmente y por demás peligrosa.
Comenzó entonces a madurar la idea de esperar al capitán en tierra firme. Pensaba en el peligro de ser controlado con la carga de pesca ilegal y de ser tenido como único responsable del delito. Era el camino directo a la prisión.
Pensó en Lucrecia, su esposa, que lo esperaba en Cali con sus dos hijos, Violeta, de doce años y Honoré, de nueve; pensó también en León, su hijo mayor desaparecido a los quince años en las calles de la ciudad y cuyo dolor y ausencia lo acompañaron en lo más profundo de su ser hasta el día en que la muerte le anunció su hora.
Era imprescindible actuar, ¡ya!
Si tenía suerte, al capitán le tomaría al menos dos semanas ir y regresar de Buenaventura con el repuesto y una nueva tripulación. Dedicó entonces la segunda jornada a preparar su instalación en tierra. Tendría que alejarse de la playa lo suficiente para escapar a un posible control de las patrullas costeras y construir también un cambuche estable, al abrigo del viento y de las lluvias que empezaban a anunciarse en nubarrones negros y tormentosos. Nada extraño en la costa pacífica chocoana, considerada una de las regiones con mayor pluviosidad del planeta.
Cargó al día siguiente la pequeña barca salvavidas con palos, telas y plásticos, encontrados en el barco. Hizo un paquete con víveres necesarios para tres días, pues pensó que era más seguro y más fácil preservar los alimentos en las bodegas del navío, aunque tuviera que hacer varios viajes los días siguientes. Al fin y al cabo no estaba tan lejos y se trataba de una espera de tan solo una o dos semanas.
Se hizo a la mar bajo una llovizna matinal persistente. No se sorprendió cuando oyó toser al pequeño y destartalado fuera de borda que, como era de esperar, a los pocos minutos se quedó mudo. Resignado, remó durante una hora sobre un mar todavía calmo. Aunque no era un experto en la materia, con su pura fuerza física alcanzó la mitad del recorrido. Al ver que el mar comenzaba a agitarse, optó por tirar al mar el motor inservible con el propósito de aligerar la carga. Continuó así con los remos, sin mirar al horizonte, como para olvidar el infortunio en el que se había metido.
Remó, remó, remó y, a cada instante en que sus bíceps acerados lo acercaban a la playa, se nutrió de los pasajes gratos de su vida. Recordó su primera infancia en la finca de la tía María Antonia, en Ibagué, el color de las cerezas de café maduro y el aroma de los jazmines del jardín. Recordó también a sus hermanas Lucila y Doris, bastante mayores, quienes le enseñaron a contar, a leer y, sobre todo, a rezar el rosario todas las noches.
Ellas llenaron en muchos momentos la ausencia de su padre, quien murió olvidado en una camilla de los pasillos del hospital San Juan de Dios de Cali, con un dolor pavoroso en el vientre, luego de que los médicos le diagnosticaran una apendicitis grave. Como consecuencia, su madre debió emigrar a Ibagué, de regreso al nido familiar, donde ejerció durante años el oficio de costurera de grandes marcas de ropa extranjera. Por esa razón, Luis creció rodeado de personas mayores quienes, tal vez, le transmitieron esa calma y esa fuerza de voluntad que le permitieron siempre salir adelante en los momentos más difíciles.
Tres horas más tarde, la barca arribó por fin a la costa. La lluvia había cesado y las nubes comenzaban a dar paso a un sol radiante. A pesar de la fatiga, Luis arrastró enseguida la embarcación sobre la arena, la aseguró y, sin más tardar, sin concederse un minuto de sosiego, enjalmó la carga en sus hombros y se introdujo presuroso en el muro verde, oscuro y misterioso.
La frondosa maleza y las raíces milenarias del bosque húmedo no le facilitaron la marcha. Los árboles de troncos anchísimos se elevaban más de treinta metros hacia el cielo y sus copas hacían del lugar un refugio fresco, al abrigo de los rayos intensos del sol. Se trataba de una selva primitiva, pletórica de aves coloridas e invadida por toda clase de insectos que revoloteaban alrededor de su cabeza y zumbaban en sus oídos, como si prepararan el ataque final.
El suelo húmedo descendía suavemente desde la playa. No había un sendero verdadero: apenas claros entre raíces retorcidas, troncos caídos cubiertos de musgo y charcos de barro oscuro donde el pie se hundía con un ruido espeso. La vegetación formaba un techo compacto de hojas grandes y brillantes que filtraban la luz en un verde sombrío.
Luego de trescientos metros de marcha, Luis se detuvo frente a un pequeño claro, ideal para instalar su cambuche. Mientras armaba una especie de carpa a la Crusoe, pensó que los viajes de regreso al barco iban a ser difíciles de realizar en aquella lancha sin motor. En el camino había identificado algunos arbustos frutales, similares al borojó. Al menos no me moriré de hambre, se dijo.
Al final de la tarde estaba instalado bajo un cambuche sólido, al abrigo de la lluvia que no tardaría en llegar. La fatiga de una larga jornada de esfuerzos físicos, junto con un inesperado sentimiento de paz interior, lo sumieron en un sueño profundo, arrullado por los cantos de las aves nocturnas del bosque y por algunos extraños chillidos que, más tarde sabría, producía el inquietante y sigiloso yaguarundí.
Los rayos penetrantes del sol matinal lo despertaron con una cara sonriente que lo observaba a diez centímetros de la nariz. Un joven negro afrocolombiano lo observaba con gran atención, mientras palpaba su torso en busca de signos de vida. El uno como el otro estaban tan extrañados de ver a un ser humano en estas tierras solitarias, que saltaron como resortes del susto. Por fortuna, en pocos segundos entendieron juntos que no había ninguna alevosía en juego.
Luis recordó el día aquel en que, muy pequeño, en la finca de la tía María Antonia, en Ibagué, salió corriendo espantado al ver a un hombre negro surgir de los arbustos.
—¡El diablo, vi al diablo!… gritaba el niño entre saltos y tropezones.
Las aberraciones de la religión católica y el racismo colombiano, combinados con la segregación racial ejercida por el Estado en la época, hicieron que el niño tomara al hombre negro, que nunca había visto, como la representación terrena del pretendido diablo de la homilía dominical.
Llegó poco después otro grupo de jóvenes. Se formó entonces allí una reunión animada, en la que se discurrió acerca de la aventura de Luis en el barco y su llegada a tierra, la cual narró con esmero y, en ocasiones, precisión exagerada.
—Aquí, en esta selva, lo único peligroso es el tigre, —explicó Jaison, el primero en llegar y nuevo amigo de Luis en la selva chocoana.
— Sin embargo, es preferible alejarse de la costa. A veces pasan barcos con gentes no muy recomendables. Lo mejor es que vengas con nosotros al pueblo, allí estarás mejor y habrá comida en abundancia, agregó con gran convicción.
Caminaron durante una hora por un sendero estrecho, entre la maleza, hasta llegar a una aldea perdida en el medio del bosque. Allí no había más que unas treinta chozas esparcidas en un claro del monte, habitadas por familias aisladas de todo contacto con la sociedad.
Para Luis, esta situación era una fantástica aventura. Había olvidado la gran fatiga del día anterior, la incertidumbre y los peligros del viaje en el barco de pesca clandestina. Todo aquí era nuevo, todo aquí era puro. La población, de un centenar de personas, lo recibió con cariño, como a un náufrago que se extirpa del fondo de las profundidades del océano.
Ese día comió sudado de barbudo en abundancia, plátano verde en patacón y algunas frutas desconocidas. Al día siguiente tenía su primera diarrea, pero había dormido tranquilo, al abrigo de los bichos y las fieras, en el bohío de Jaison que vivía con su compañera y su pequeño bebé, gordito y sonriente, de ocho meses.
Descubrió también que aquí la comida había que ganarla, o mejor dicho, pescarla, recogerla o cazarla cotidianamente. Durante varios días acompañó a los hombres jóvenes a una corriente de agua cercana donde se pescaba barbudo y sabaleta, los más apetecidos de la comunidad.
La relación entre la población y este extranjero atípico se estrechó sólidamente. Una mañana, por ejemplo, un grupo de siete jóvenes y tres ancianos lo sacaron muy temprano de su chinchorro. Debían ir a buscar un árbol apropiado para reemplazar un bongo averiado. La selección del árbol y la fabricación de la embarcación representan un rito importante en la transmisión cultural de la región, por esa razón se requería la presencia de los ancianos.
Caminaron media mañana hasta encontrar un cedro o una ceiba de buen tamaño. La ceiba es el árbol preferido de todos: el más resistente y el más liviano. Como las canoas o bongos se construyen a partir de un solo tronco, cortaron con sus hachas muy cerca de la raíz y comenzaron la fabricación en el mismo lugar de la tala. La embarcación es esculpida directamente en el tallo del árbol, con machete o cuchillos de forma peculiar arqueada, pero principalmente la madera se moldea con fuego. Luis se sentía honrado de participar en tan noble tarea y aportó, como pudo, su experiencia con las máquinas. A pesar de que todo el mundo participó, la fabricación tomó casi todo el día. Al final de la tarde, el mayor de los ancianos celebró con unas palabras, que se asemejaban a un rezo, el término de la obra y dio la orden de transportar la nueva canoa a la zona de pesca cercana al río. Allí permanecieron toda la noche, protegidos por una hoguera, los unos muy cerca de los otros, en un círculo de amistad inigualable. De regreso a la aldea muy temprano, festejaron la jornada con una gran sopa de pescado y el infaltable jugo de borojó fresco.
Durante la primera semana de estadía en la aldea, Luis olvidó sus problemas de motores y de barcos. Pero unos días más tarde, decidió regresar a la playa en compañía de su amigo Jaison. Aunque había resuelto no volverse a embarcar, pensó que por lo menos podía cumplir su contrato reparando uno de los motores, si los repuestos llegaban. Regresaría después a Cali, por tierra, y abandonaría esa vida de incertidumbres.
Salieron, pues, una madrugada por un sendero que bordeaba la zona más elevada de la selva, lo cual les permitía ver la costa durante todo el recorrido. Después de una hora de marcha, llegaron frente a una costa cuya arena brillante quemaba los ojos si se miraba más de un minuto. Observaron con sigilo el barco que borneaba en la distancia sobre un mar tranquilo. No había nadie a la vista, ni patrullas, ni pesqueros. Decidieron entonces acercarse a la embarcación para controlar su estado interior y, al mismo tiempo, recuperar un buen paquete de provisiones. Subieron en la pequeña lancha, acostada en la arena, e ipso facto, Jaison se apropió de los remos con ardor, mostrando con evidencia su fuerza física y su juventud. En menos de dos horas alcanzaron el navío.
La primera sorpresa al abordar fue el estado de las calas. A pesar de que estaban descongeladas, no había ningún olor a pescado descompuesto, lo cual suponía que había sido descargado poco después de la partida de Luis. Otra posibilidad era que nunca hubiese habido pescado allí, pues, al fin y al cabo, Luis había permanecido todo el tiempo cerca de los motores y no tenía seguridad de lo que realmente hacían los pescadores durante las madrugadas en alta mar. La reserva con los víveres estaba casi desocupada y en desorden, vaciada con celeridad. Empacaron sin más tardar lo poco que sobraba, recuperaron algunas herramientas que podrían ser útiles en la aldea y se largaron cuanto antes de ese cadáver flotante.
—¡La patrulla, la patrulla! —gritó de repente Jaison mientras aceleraba los remos que, bajo la potencia de sus músculos, parecían motorizados. ¡Nos van a joder!, gritaba.
Luis, con su parsimonia habitual, trataba de calmarlo.
—No, hermano, están lejos, y no creo que nos vean todavía. No obstante, se unió a los esfuerzos de Jaison con dos remos cortos y poco eficaces, encontrados en el navío abandonado.
En efecto, un barco a lo lejos parecía acercarse, pero no se distinguía aún si se trataba de un guardacostas o de un pesquero.
Al llegar a la costa, sofocados, nuestros dos aventureros halaron la barca detrás de algunos matorrales, desde donde podían vigilar al navío intruso. Y es que por fortuna escaparon a tiempo, porque el tal intruso no era ni patrulla, ni pescadores, sino un barco sin pabellón, seguramente salteadores que recorrían las costas buscando víctimas fáciles.
¡Contrabandistas!, dijo Jaison entre los dientes.
Los secuaces rondaron el barco, luego lo abordaron y al cabo de quince minutos, que parecieron horas, se fueron aparentemente con las manos vacías, no sin antes escrutar detenidamente la costa con sus binoculares.
Aunque eran hombres con agallas, Luis y Jaison permanecieron ocultos, prudentes ante un enemigo peligroso y sin escrúpulos. Al cabo de una hora, o más, el barco pirata se había desvanecido en el horizonte y la tranquilidad regresaba a sus espíritus. Emprendieron de esta manera su marcha de regreso a la aldea, en donde fueron recibidos en jolgorio festivo. Allí, sentados durante horas, contaron con lujo de detalles, y algunas veces con exageraciones, la terrible aventura que casi les había costado la vida, decían.
Los habitantes de la aldea y de otros grupos de pobladores de la región, se habían aislado de la sociedad desde hacía lustros. Sus antepasados africanos habían sido traídos como esclavos por el conquistador español y forzados en condiciones infrahumanas a explotar las minas de oro, en especial en la zona de Urabá, durante siglos. Luego de la abolición de la esclavitud en 1852, muchos grupos encontraron Patria en las selvas del Chocó, la región más inhóspita de Colombia.
No obstante este aislamiento forzado por las condiciones económicas y un racismo aún reinante en el país, la región y las poblaciones son constantemente invadidas, atacadas, por todos los grupos de pseudo-guerrillas, de paramilitares, de narcotraficantes, de ladrones de selva que talan los árboles milenarios para venderlos a los depredadores japoneses, o chinos, o gringos, o europeos. Igual pasa con la pesca a lo largo de toda la costa pacífica invadida por los mismos. En otras palabras, desde hace tres siglos las poblaciones afrocolombianas son esclavizadas sin cesar y no se ve cómo podría ser diferente en un país donde la discriminación racial, la violencia, la avaricia y la corrupción son moneda corriente.
Después de dos meses de estadía con esta, su nueva familia, después de haber compartido una vida simple, sana, protectora de la naturaleza y del hombre, pero a la vez peligrosa debido a la presencia constante del hombre malo que ronda, Luis decidió regresar cerca de sus hijos.
Una mañana temprano, Jaison lo llevó hasta un camino desde donde podría llegar a la mal llamada civilización. Se encontraba a tan solo tres días de marcha.
Se despidieron tal como se conocieron, con una sonrisa. Y no prometieron verse más tarde, ni escribirse, ni nada de esos formalismos falsos. Tan solo se dijeron adiós hermano.
Los colores de la infancia
Una chiquillería de veinte muchachos, armados de palos y de viejos tarros de lata, mariposea en gran algarabía a los mirlos patiamarillos, los azulejos y las bandadas de loros frente amarilla, que vienen a comer las uvas y otros frutos de la finca en las épocas de cosecha. Durante la larga marcha de regreso a la ciudad, las imágenes de su infancia en Ibagué pasan por la mente de Luis como una película de antaño. Ellas lo acompañan y le dan vigor para proseguir su camino.
El trayecto a la ciudad fue largo y culebrero. Al final de cuentas tardó tres días en llegar a la primera aldea y dos más para encontrar un caserío con un mínimo de servicios. Esta fue una de las enseñanzas que nunca olvidó del joven Jaison y de sus amigos de la aldea: caminar es vida, decían. En las largas jornadas de pesca, no era raro recorrer hasta veinte kilómetros, y esto durante varios días seguidos.
Bella Vista. Así se llamaba el pueblito donde encontró el primer medio de transporte terrestre: un asno. Su destino era Istmina, ciudad que alcanzó un día más tarde, gracias a la amabilidad de las gentes y a las peripecias acaecidas en viejos carros transformados en taxis. Desde allí fue fácil encontrar un Expreso del Occidente que lo depositó en Cali, catorce horas más tarde.
Llegó con los bolsillos limpios. Su equipaje era un simple morral de lona color sucio, lleno de chiros, igualmente sucios, y un pequeño cuchillo de cacha de madera, heredado de su prima Aura. Aunque su porte era prohibido, siempre lo llevaba consigo pues era el último recuerdo de su infancia en Cali.
Trabajó y estudió desde muy pequeño. Con el copete mojado, salía en las madrugadas tibias del trópico a buscar la leche del día para la familia en compañía de su hermano Hernando. De regreso desayunaban sin tardar un jugo de fruta fresca y mogolla integral remojada en el café. Los niños partían presurosos a la escuela, sin olvidar dejar en el mercado las grandes vasijas de chocolate con leche y el pan para los trabajadores, en la plaza de mercado del barrio Obrero. Al final del día regresaban sin tardar a casa, después de una ardua jornada de lecciones en la escuela Saavedra Galindo, aferrados a la cartilla Alegría de Leer.
Pero la lista de quehaceres cotidianos era larga. Todas las tardes, al anochecer, debían ir a recolectar la bazofia de los restaurantes del barrio y sus alrededores, con la que llenaban una enorme cantina que cargaban cada uno al hombro, amarrada con cabuya al cuerpo. Luego la depositaban en el fondo del jardín de la casa, donde se criaban algunos puercos. Era tal la cantidad de restos recogidos que una parte se llevaba los fines de semana a la granja porcina de la familia, en Siloé.
No obstante, aquello que podría parecer una vida ingrata de duras labores constituyó para Luis una infancia bella, llena de sonrisas y de momentos de plenitud.
A los ocho años, Luis descubre el mundo de la ciudad cuando llega con su familia a Cali, invitados por la tía Eunocia a abandonar la vida plácida del campo tolimense. En esta su nueva casa conoce a sus primas Doralís y Ernestina, las menores, y a Aura, la mayor de veinticinco años y, de cierta manera, la jefa de la disciplina y de la educación de los más chicos en el hogar. Vivían también allí Leonidas, el tío alcahuete de las tardes de asueto en las que se organizaban grandes y desordenadas guerras de almohadas; y por último, los dos jóvenes que realizaban las labores en la finca y en el puesto del mercado: Huenérgenes, cuyo nombre nunca nadie olvidó; y, Vicente, el astuto e incansable trabajador, quien diez años más tarde enseñó a Luis que los gringos le habían robado Panamá a Colombia y quien, además, le dio sus primeras clases de marxismo.
Los Barragán eran una familia próspera. El dinero que ganaban lo invertían en la educación de los hijos y en la preservación de sus costumbres populares. Para las fiestas navideñas se contrataba al Balalaika, un cuarteto de gran reputación que interpretaba con igual sentimiento un bolero de Los Panchos que un bambuco de Garzón y Collazos, el dúo tolimense más popular de la época.
Los paseos a Pance o a las riberas del río Anchicayá se caracterizaban por su especial colorido. La chiva del primo Wilmark transportaba a la familia y a buena parte de los vecinos de la cuadra, quienes llegaban al campo con sus ollas humeantes de sabrosos sancochos, arroces y pescados fritos o en salsa. Se comía en abundancia, se bebía con parsimonia y se bailaba sin parar toda la tarde, hasta bien entrada la noche. En ocasiones, cuando en la casa los chiquillos hacían pilatunas, el gran castigo de Aura era la amenaza de no ir al próximo paseo familiar.
También se iba todas las semanas a la finca de Siloé. Allí era usual que la familia hiciera una enorme hoguera, alimentada con boñiga de vaca, “para espantar los moscos”, decían. Al final de la tarde, todos se reunían alrededor del fuego a contar historias fantásticas de espíritus que asustan en las noches, ocultos tras la niebla, y otras más reales de bandoleros que atracan a los viajeros en el monte.
Luis escuchaba atento hasta altas horas de la noche, cuando, hundido en sus sueños infantiles, se dormía impasible sobre las piernas tibias de la dulce Aura, el primer gran amor de su vida.
Adiós Colombia
Al llegar a Cali, la prioridad para Luis era recuperar el dinero que el capitán Billota le debía. Las noticias en la radio anunciaban la detención de varios de sus compañeros del Partido Comunista, pertenecientes precisamente a la célula de información en la cual él militaba.
A pesar de la alegría que representaba ver a Violeta y a Honoré, Luis concibió desde ese momento una estrategia para emigrar al Tolima. Allí tenía todavía varios familiares, en especial Hernando, cómplice de innombrables travesuras de infancia y escapadas de adolescencia, así como, al igual que él, marxista y miembro activo del partido. Sus hermanas Lucila y Doris habían emigrado a Venezuela poco después de la muerte de su madre en Cali. Y, de hecho, el vecino país sería la segunda opción en caso de que la situación política se agravara también en el Tolima.
Luis consideraba Ibagué como tierra segura. Allí había vivido su primera infancia, y allí había regresado para seguir sus estudios de mecánico, especialidad en maquinaria agrícola, en el Instituto Tecnológico de los curas salesianos. Los dos hermanos se habían beneficiado de una beca obtenida por su madre, que un ricachón de la capital les había concedido como reconocimiento a la gran calidad de sus cortes y a su costura al dedillo.
La maravillosa experiencia en la selva chocoana con Jaison y su comunidad había cambiado su concepción y sus objetivos en la vida. Esta vez Luis deseaba regresar a un trajín casero, dedicarse a la educación de los muchachos, olvidar los viajes y las aventuras sin futuro.
Pero no obstante su firme decisión, el destino tomó un rumbo inesperado: la situación política del país se agravó y las desapariciones de militantes de los partidos políticos de izquierda se convirtieron en una práctica corriente del Estado colombiano durante años. Los crímenes políticos le valdrían a Colombia una condena de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, por el exterminio sistemático de la Unión Patriótica, partido compuesto en parte por militantes comunistas.
Pocos días después de su regreso a la ciudad, en tanto que Hernando esperaba su llegada a Ibagué para ratificar su instalación en un posible empleo sedentario y estable, Luis logró contactar al bandido Billota. Este, interesado en la experiencia de Luis en mecánica, le prometió pagarle el sueldo atrasado, además de un adelanto sustancioso sobre la paga de una misión de pesca que zarparía en pocos días a bordo de un nuevo atunero en perfecto estado, según afirmaba.
Se dieron, pues, cita en uno de esos bares de mala muerte del puerto de Buenaventura, aquellos en que sabes cómo entras, pero ignoras cómo sales. Billota comenzó por narrar una serie de explicaciones, poco convincentes, sobre lo sucedido en el naufragio frente a las costas del Chocó. Sus argumentos culpaban al propietario del barco, un tal Benites El Mexicano, vinculado a las mafias del contrabando en la región. El capitán le aseguró que el nuevo barco era propiedad de un hombre perfectamente limpio y de gran reputación en la buena sociedad vallecaucana. Tanto insistió en este aspecto, que Luis pensó que había gato encerrado en la misión. Sin embargo, aceptó el contrato para financiar la instalación de la familia en Ibagué. Exigió esta vez controlar el estado de la maquinaria, condición sine qua non para emprender el viaje.
Rápidamente se pusieron en marcha los preparativos para el traslado de Lucrecia y los muchachos a Ibagué. Hernando propuso recibirlos en su casa, pero finalmente se decidió alojar a todo el mundo en la vieja casona de la tía María Antonia, más amplia y mejor ubicada en lo que es ahora el centro de la ciudad. De regreso de Buenaventura y después de haber confirmado el buen estado del atunero, Luis y Lucrecia prepararon los escasos corotos que poseían en la pequeña casa prefabricada que habitaban. Había sido construida en un lote heredado de la antigua finca de los Barragán en Siloé. El domingo, dos días más tarde, los niños y Lucrecia abordaban la flota en Cali con destino a Ibagué.
El barco zarpó de Buenaventura en la mañana del lunes con destino a Panamá. A bordo: siete marinos pesqueros, el sinvergüenza capitán Billota y un cocinero chocoano con quien Luis entabló rápidamente amistad y a quien contó con detalle toda su aventura en la selva y su gran amistad con Jaison. Navegaron hacia el norte durante varios días, sin parar, sin tirar las redes, bordeando la costa. Los motores daban poco trabajo a Luis pues, en realidad, esta vez estaban en perfecto estado, de suerte que pasaba los días inmerso en sus estudios de Tolstói, de quien admiraba su entrega a la causa popular a pesar de ser un hijo de la gran burguesía rusa del siglo XVIII. El quinto día se alejaron de la costa hasta perder de vista el continente. Y, sentado en la pasarela de babor, frente a las páginas de La esclavitud moderna, sin saberlo, Luis contempló en el horizonte de su libro la última imagen que vería de Colombia, por el resto de su vida.
Pocos días más tarde arribaron al pequeño puerto de Vacamonte, en Panamá. Allí atracan las embarcaciones pesqueras de pequeña eslora, como el atunero de treinta metros en el que trabajaba Luis. Descendió sin más tardar a tierra y pronto estableció comunicación telefónica con Hernando.
La situación se había complicado en Cali porque, al parecer, el nombre de Luis figuraba en un parte de policía en el que se daba orden de arresto a un cierto número de izquierdistas peligrosos. Así llamaba el Estado a los militantes del PC. Además, Hernando le informó que Lucrecia y los niños habían regresado a Cali. Por alguna razón, quizá porque lo conocía profundamente, ella entendió que Luis no regresaría, al menos a corto plazo. Como mujer de armas tomar que era, agarró los niños, su somero equipaje y se embarcó en un bus de regreso para continuar la vida cerca de su familia, tal como lo había hecho durante mucho tiempo, sola, sin la presencia de ese padre inestable y en general ausente.
Hombre sin fronteras, siempre con ansias de nuevos horizontes, Luis decidió realizar un sueño loco que le trotaba por la cabeza desde hacía bastante tiempo: recorrer el mundo en barco. Entonces reclamó a Billota una parte del dinero de su paga y le pidió que entregara el resto a su esposa en Cali. Según supo mucho tiempo después, este nunca lo hizo.
Así decidió Luis su destino. Con unos cuantos dólares en el bolsillo, viajó a Costa Rica. Allí encontró con facilidad un contrato de mecánico aceitero bien pagado. Fue el primero de los tantos buques mercantes en que navegó por el mundo durante cerca de dos años, hasta que un día, en el puerto de Beirut, una guerra ajena le partió su destino en dos.
Bajo el fuego
El primer objetivo de nuestros tres alegres compadres era encontrar un restaurante de comida típica libanesa. Luis conocía los kibbeh (o quibbes, en buen español colombiano), pues, debido a la colonización francesa y a las numerosas guerras sufridas por el país, muchos libaneses habían migrado por todo el mundo. En América del Sur, por ejemplo, una gran colonia se instaló en la región del Caribe colombiano, donde su comida se convirtió en parte de los platos tradicionales. Los caribeños comen niños envueltos (warak enab), abundante pan pita (pan árabe), y en la mesa familiar se pueden encontrar la crema de ajonjolí (tahini) y el tabulé.
Beirut se encontraba en la penumbra. No obstante, las últimas luces del atardecer veraniego dejaban entrever los interiores sombríos de las habitaciones. En ese país, por naturaleza alegre y bullicioso, era inesperado ver a la gente enclaustrada en sus casas. Los pocos restaurantes abiertos al público proponían platos ligeros para llevar.
Al cabo de una hora de marcha entre los recovecos de una ciudad en apariencia desierta, Luis distinguió una pancarta iluminada, en una callecita alejada del puerto: Teta Samira Ma’kulat Lubnaniya Manziliyya, decía. Por supuesto, nadie entendía el árabe, pero los aromas orientales que invadieron rápidamente sus sentidos los condujeron sin más reparo al lugar. Con el inglés perfecto de Arvid y algunas palabras del precario francés de Hugo, lograron entenderse con los anfitriones del hostal, una pareja de jóvenes libaneses que había heredado el restaurante familiar de sus padres y abuelos, a quienes la muerte había sorprendido en una trágica tarde de 1981.
Para comenzar la alegre noche, Luis pidió una botella de arak, un licor que apreciaba pues su aroma anisado le recordaba el aguardiente colombiano.
—Nous servons au verre explicó el patrón amablemente. Mais vous pouvez en boire autant que vous voulez !, agregó.
—Que tome lo que quiera, hermano, tradujo Hugo, perspicaz.
Copas y platillos fueron servidos con prestancia y una abundante cazuela de yakhné fue dispuesta en la mesa. Canela, pimienta y otras especias orientales colmaron la atmósfera de aromas evocadores y los tres camaradas desbordaron la creatividad de sus conversaciones políticas y aventureras.
Arvid aseguraba haber recorrido los siete mares, al igual que los grandes piratas míticos, y contaba sus viajes con detalles precisos que poco entendían sus comensales, pues el inglés de Hugo era pobre y el de Luis casi inexistente. Pero todos reían al unísono cuando las carcajadas del sueco grandulón inundaban la pieza.
Hugo, por el contrario, sobrio pero elocuente, narraba su huida de Chile en los primeros meses de la dictadura. Esta historia la había contado en muchas ocasiones, durante las claras noches oceánicas en los buques, de suerte que Arvid lo interrumpía para completar con sus propias interpretaciones. Lo que fue un pasado trágico del chileno había tomado matices de aventura cinematográfica.
Luis, que no se quedaba atrás en la elocuencia de sus historias, relató la aventura que vivió en Nicaragua poco antes del triunfo de la revolución sandinista de 1979. Se dirigía hacia Costa Rica para tomar su primer gran buque cuando al llegar a Managua fue controlado por la policía somocista. La visa que debía portar como colombiano no estaba en regla. Así pues, lo arrestaron y sin más tardar lo metieron en una cárcel de la capital. El precinto estaba repleto de miembros del Frente Sandinista de Liberación Nacional, FSLN, todos condenados a muerte por traición y terrorismo, afirmaban los esbirros. Los sandinistas estaban al borde de tomar el poder, así que era imperativo salir del país antes de que se ordenara un cierre de fronteras y que los combates llegaran a Managua. Luego de siete días de encierro, un teniente decidió, por alguna orden de alto mando o por simple capricho autoritario, reducir el número de detenidos. Luis fue llamado a comparecer y, sin mayor explicación, fue liberado con las disculpas de «El Excelentísimo a un ciudadano de un gran país amigo». En realidad, el gobierno colombiano había expresado una cierta tolerancia hacia el moribundo régimen nicaragüense y criticado fuertemente la lucha sandinista, considerada como un nido de ideas peligrosas para el continente.
—¡Me salvaron Turbay y Somoza! Ja, ja, ja, —decía—. Y, al partir de la prisión, hasta me dieron plata para tomar el bus que me llevó a San José. ¡Ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja!
Todos rieron y alzaron sus copas en honor a sus vidas pasadas, y los patrones del hostal, que no entendían gran cosa del español de Luis, rieron con ellos y se sumaron al jolgorio de las aventuras narradas.
La noche llegó a su fin. Después de pagar y agradecer con un apretón de mano caluroso y una generosa propina a los jóvenes dueños, nuestros tres marinos caminaron hacia el puerto por las calles aún desiertas del alba beirutí. El silencio contrastaba con un ruido sordo que se escuchaba a lo lejos, como los tambores enormes que anuncian la tormenta. Poco a poco, el ruido se transformó en fragor y el cielo, en el horizonte, se iluminó de un intenso fuego amarillo.
Muy a pesar de ellos, nuestros tres compadres estaban a punto de crearse una nueva aventura, esta vez común. Entendieron rápidamente que se trataba de un bombardeo porque, de una parte, sabían con antelación que la situación en la región era sulfurosa y, de otra, los estruendos se acercaban peligrosamente. Llegaba ya a sus oídos el bramar de los reactores de los aviones de guerra, y las ventanas de las casas comenzaban a iluminarse en serie, como un pesebre en Navidad.
¿Qué hacer? ¿Dónde refugiarse? ¡The boat, dijo Arvid, the boat is safer! Hugo tradujo y apoyó la idea pues parecía absurdo que fuera quien fuese el atacante, se bombardease un buque mercante holandés. Apresuraron el paso, por no decir que corrieron como espantos, siempre en dirección del puerto. En ese momento maldijeron haberse alejado tanto del barco la noche anterior. Ahora, el peligro de muerte era una certeza.
Y, una vez más, al borde de la tragedia, Luis repasó sus recuerdos de infancia en cámara lenta, mientras su cuerpo, saporrito y musculoso, se desbocaba por las calles caóticas que desembocaban en el puerto; y aparecieron frente a él Violeta, Honoré y León; y vio, y casi tocó, el reverdecido color de la cordillera, aquella cuya belleza nadie nunca pudo pintar; y oyó el rugir feroz del jaguar sagrado en las noches claras de las selvas chocoanas; y se adormeció al arrullo del canto matinal de las aves tolimenses, su tierra cálida y lejana.
Los relámpagos distantes se convirtieron en estallidos violentos, en tanto que la gente despavorida invadía en segundos las callejuelas sinuosas. Allí, un hombre gritaba; allá, otro imploraba a un dios. Más lejos, una joven madre arrastraba sus pequeñas hijas en su carrera hacia la vida, la única que no debía perder. Y, poco a poco, el mar se dibujó en el horizonte de la escena polvorienta, y el puerto mercante, vacío, como un desierto inesperado en el oasis, los detuvo de pavor.
—¡Se fue el barco! ¡Se fue el barco! ¡Pucha, aquí nos matan! ¡Mierda!, gritaba Hugo sin parar, dando saltos de pánico y de terror. Arvid trataba de reconfortarlo mientras que Luis, atónito e incrédulo, analizaba la situación.
—A ver, espera. ¿Seguro que estamos en el muelle correcto? ¿No será que en la carrera nos perdimos?
Pero no, la parsimonia de Luis no era suficiente para calmar a sus compañeros. Estaban en el muelle correcto y no había ningún buque mercante a la vista.
Regresaron sin más tardar al hostal donde habían pasado la noche. Acongojados y temerosos, se refugiaron en el lugar todo el día hasta que, al caer la tarde, los ruidos del horror se alejaron. Sus destinos se bifurcaban allí. Se dieron la mano con un hasta luego caluroso, aunque todos sabían que se trataba de un adiós. Salieron así a fraguar cada cual su destino a través del caos de la ciudad asesinada.
Luis se presentó en el Consulado de Colombia poco antes del anochecer. A pesar de ser una representación diplomática de baja importancia para los dos países, la entrada se encontraba atiborrada de personas libanesas, algunas haciendo una fila interminable, otras amontonadas en desorden frente al despacho. En medio del desorden y al cabo de una larga espera, un agente consular gritó:
¡Colombianos, quiénes son colombianos!
Luis levantó el brazo con su pasaporte bien visible en la mano, lo cual le permitió ser atendido con prioridad. ¡Era el único! Todos los demás, ni eran colombianos, ni hablaban español. Estaban allí aprovechando la apertura del gobierno colombiano que otorgaba el refugio político, o la nacionalidad, a todos los libaneses víctimas del bombardeo israelí.
Con salvoconducto y pasaje de avión para Bogotá en el bolsillo, Luis dejó tras de sí la angustia del mundillo consular. Al partir observó las caras de alegría de los libaneses que salían con sus visas, listos para viajar hacia el país de la guayaba. Allí se instalarían y, como muchos otros migrantes en Colombia, desde que el país existe, allí se convertirían en latinoamericanos de pura cepa y enriquecerían el país con su cultura ancestral, con su magnífica cocina oriental, con sus tradiciones, con sus creencias.
La fuga
Desde muy temprano, la ciudad vacía se despertó bajo nuevos truenos de muerte. Sin embargo, la aviación israelí se había alejado del casco urbano, lo cual permitió acercarse al aeropuerto a muchos residentes que trataban de huir del infierno. Luis tomó un vuelo al final de la tarde con destino a Bogotá.
Compartía el puesto exiguo que le habían asignado en el avión con una joven y afable brasileña, a quien rápidamente confió con lujo de detalles su experiencia bajo las bombas. Ella, por su parte, explicó que dejaba su cargo consular en Beirut para regresar definitivamente a Salvador de Bahía, su ciudad natal.
En medio de aquella conversación, Luis decidió volver al puerto de Le Havre, donde, sin duda, encontraría un nuevo barco mercante que lo llevaría a través de los consabidos siete mares de ensueño. No quería llegar a Colombia sin dinero y, de alguna manera, sintiéndose fracasado, aunque había sido el destino quien lo había conducido hasta ese punto.
Así fue como durante la escala técnica en Milán, y gracias a la ayuda económica incondicional de su nueva amiga —a quien, por cierto, nunca volvió a ver—, aprovechó la ocasión para abandonar el avión. Salió del aeropuerto sin demora, en busca de un tren que lo llevara a París y, desde allí, al puerto francés.
En Le Havre transcurrieron varias semanas de interminable espera. Ninguno de los barcos que atracaban ofrecía empleo y Luis empezó a inquietarse. Le quedaba poco dinero, no hablaba francés y, sobre todo, no tenía los papeles en regla. Se había debilitado física y moralmente, cada vez más pesimista ante un futuro incierto.
Desesperado por su encierro voluntario en la zona portuaria, un día decidió dar un paseo hasta el centro de la ciudad. Allí, como era de esperarse, un control policial fortuito volvió a interrumpir su camino. Lo detuvieron ipso facto. En esa zona los controles son frecuentes, pues muchos migrantes sin papeles esperan para embarcarse pero otros terminan, con el tiempo, instalándose ilegalmente en la región.
Al cabo de cuarenta y ocho horas de detención, Luis fue deportado a Colombia mediante una orden administrativa de ejecución inmediata. En pocas horas se encontró nuevamente en un vuelo hacia Bogotá. La tierra hala, diría cualquiera. Un sino pérfido quería alejarlo de sus proyectos, pero él no era hombre que se sometiera al destino.
El avión que lo llevaría a Colombia despegaba de París. Sin esposas, pero bajo estricta vigilancia, una camioneta de la Gendarmería lo condujo hasta el aeropuerto Charles de Gaulle, doscientos cincuenta kilómetros al sur de Le Havre.
En una sala de espera desierta, Luis se perdió en sus pensamientos, sin miedos ni remordimientos. Imaginaba que aquella sería una aventura más que algún día contaría a sus amigos, con todo detalle, como tantas otras. Arvid estaría encantado de escucharla, pensó.
Permaneció bajo vigilancia durante más de doce horas, hasta que, por alguna razón, la sala comenzó a llenarse de otros pasajeros que seguramente también viajaban a Colombia. La gente entraba y salía con sus maletas y su algarabía, mientras los guardias que lo habían traído eran relevados por el turno de la noche. Entonces, sin dudarlo, se levantó, entumecido y adolorido tras la interminable espera en una silla metálica y fría. Tomó su bolso y salió de la sala caminando, sin prisa, sereno, con su parsimonia habitual, sin volver la vista atrás.
Poco después, siempre tranquilo y con la frente en alto, abandonó el aeropuerto, tomó un autobús y durmió profundamente durante horas, hasta llegar de nuevo a Le Havre: el destino que él había elegido, y no aquel que los egoísmos y las pasiones humanas pretendían imponerle. Fueron, sin duda, los dos días más inútiles de su vida.
A pesar de los contratiempos, Luis se consideraba un hombre afortunado. Seguía optimista, esperando su barco en el puerto. De vez en cuando viajaba a Amberes, pues algunos marinos mercantes habían encontrado empleo en ese puerto belga. Para sobrevivir, realizaba pequeñas labores de limpieza, mal pagadas, en los buques atracados en el muelle.
Varios meses después de su escapada en París, Luis decidió regresar al centro de la ciudad. Allí encontró un bar latino que presentaba un enorme letrero: Deliciosas empanadas chilenas. Desde el momento en que entró se sintió en familia, tras tanto tiempo rodeado de polacos y yugoslavos que hablaban lenguas incomprensibles. Sin dudarlo, pidió una empanada y un vaso de Gato Negro importado.
Se sentó y, al fondo de la sala, sonriente y guapachoso, le apareció como un milagro la hermosa cara mapuche de su compañero de guerra y aventuras, Hugo.
—¡Pucha, colombiano! ¡Ven aquí! —gritó en medio del bullicio.
Y los compadres se abrazaron y se contaron sus historias recientes; y Luis narró con lujo de detalles su paso por el consulado en Beirut y la fila de cientos de libaneses que salieron con pasaporte colombiano; y habló de la maravillosa brasileña que le regaló plata porque se había enamorado de él, solo con verlo un instante; y Hugo contó cómo se había escapado de los bombardeos de Beirut en un barco pesquero cargado de cien personas que navegaba en zigzag entre las bombas; y todos dieron sus opiniones políticas; y, los más incrédulos, pensaron que eran puros cuentos de marineros borrachos; y comieron y bebieron hasta el final de la noche; y, esta vez, Hugo y Luis deambularon por las calles silenciosas, tranquilos, sin rumbo fijo, con el orgullo y la certeza del mañana que poseen los hombres inmortales.
Epílogo
Algo sucedió en la mente de Luis aquel día en que decidió cambiar el destino final de su vida. Hugo le había explicado cómo obtener el asilo político para regularizar su situación y así poder encontrar trabajo en los barcos mercantes europeos. Gabriel García Márquez había obtenido el asilo político en México unos meses antes, lo cual daba cierta notoriedad a las solicitudes de colombianos, y la asociación de refugiados chilenos se proponía ayudarle a construir un expediente viable, basado en las persecuciones contra los comunistas en el Valle.
Al cabo de unas semanas obtuvo un permiso provisional y, un año después, le entregaron el documento que lo acreditaba como refugiado político colombiano en Francia.
Pero aquel documento llevaba un veneno intrínseco: se le autorizaba a viajar a cualquier país del mundo, menos a Colombia. Así fue como Luis nunca volvió a ver su país. Por alguna razón, sentó cabeza. Habría podido renunciar al refugio meses o incluso años más tarde, pero nunca lo hizo. Se instaló en Francia y aceptó una vida precaria, rodeado de un cierto confort y seguridad material, así como lo hicieron —y lo siguen haciendo— muchos refugiados de otras nacionalidades.
Sus planes de conquistar los siete mares, que su compadre Arvid había logrado y que relataba con tanto orgullo en cada conversación, quedaron enterrados durante sus cuarenta años de vida en Francia. Luis se convirtió en un hombre sedentario; las aventuras y los viajes fueron relegados al pasado. Sin embargo, su visión de hombre sin fronteras, su convicción de que somos ciudadanos del mundo y habitantes de paso por este planeta, se fortaleció con sus lecturas universales.
No obstante, su vida precaria solo lo fue en lo económico. Perfeccionó hasta niveles extraordinarios su práctica del yoga, que había aprendido desde joven. Dicen que caminaba sobre los dedos de las manos mientras mantenía las piernas en posición de loto (Tolasana), y que podía permanecer durante horas sosteniéndose sobre la cabeza (Sirsasana). Los horribles dolores provocados por una ciática que lo persiguió durante años —y que ningún médico ni remedio logró curar— los controló con sus ejercicios cotidianos hasta el final de sus días. Nunca más volvió a arrastrarse como un lagarto siempre y cuando no faltara a su yoga matinal.
Durante los períodos cálidos de la primavera y el verano se desplazaba únicamente a pie. Recorría kilómetros sólo para ir a visitar a un amigo o comprar una herramienta en algún lugar lejano. Así, a cada paso, evocaba al viejo Jaison y a su familia, mientras repasaba versos de poesía egipcia que seleccionaba y copiaba en papelitos para legarlos como herencia a su pequeña nieta.
En las estaciones frías se encerraba en su modesto apartamento, donde inventaba objetos mecánicos “inteligentes” que —según él— facilitarían la vida de su prójimo. El más conocido fue la increíble bicicleta hidráulica, cuyos pedales transmitían una fuerza cien veces superior a la del pie, afirmaba Luis.
En su laboratorio de mecánica poseía herramientas que nadie conocía, pues las había fabricado él mismo. Famoso era el tubo que utilizaba para diagnosticar problemas en los motores de los carros, así como la llave universal capaz de ajustar cualquier tuerca que los sinvergüenzas constructores diseñaban inamovible para preservar el monopolio del automóvil. En fin, era el mecánico de cabecera de decenas de chilenos refugiados en la región. Luis, el chico, lo llamaban.
Los cientos de libros que leyó —muchos de ellos varias veces— en español y en francés alimentaron su vasta cultura universal, la cual nunca dudó en compartir con los demás. Curiosamente, jamás aprendió a hablar francés y, a decir verdad, poca falta le hizo.
Luis desgranaba con singular lucidez los sucesos del Bogotazo y el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, aquel nueve de abril de 1948 que partió en dos la historia colombiana. La muerte de Gaitán, decía, no fue solo la caída de un hombre, sino el derrumbe de una promesa colectiva en la que vastos sectores populares habían depositado la ilusión de una transformación posible. No hacía falta insistirle: con natural elocuencia reconstruía la deriva de la violencia bipartidista entre liberales y conservadores que, como una herida abierta, se extendió por los campos hasta gravarse en la memoria bajo el terrible nombre de La Violencia.
Era entonces cuando su relato se ensanchaba, como si buscara abarcar las múltiples capas de una historia que nunca termina de cerrarse. Evocaba el surgimiento de guerrillas de inspiración marxista en medio de la exclusión y la desigualdad, nacidas al calor de una rebeldía que pretendía desafiar el orden establecido. Hablaba de las FARC y del ELN como grupos que al principio encarnaron una causa casi redentora, que con el tiempo se diluyó entre las sombras del narcotráfico hasta confundirse, trágicamente, con aquello mismo que alguna vez quisieron combatir.
Conocía y explicaba perfectamente los planes de Hitler para invadir Europa y muchas batallas de la Segunda Guerra Mundial. Llamaba a Mikhaïl Gorbatchev el traidor, pues decía que había vendido la revolución a los gringos, y se moría de risa —y también de tristeza— cuando hablaba del borracho Boris Yeltsin, el sirviente ruso. Sin embargo, la caída de la Unión Soviética le parecía una consecuencia natural, casi inevitable a la condición humana: era el castigo bien merecido para los hombres que no estudian su pasado ni su historia y que aceptan, como ovejas, las mentiras que les cuentan los Estados.
—La masa es estúpida y los dueños del planeta, de cualquier origen, color o nacionalidad, lo saben —decía—.
A decir verdad, era imposible ver una buena película al lado de Luis. Interrumpía cada escena con explicaciones y referencias históricas precisas.
Construyó su vida alrededor de la colonia latina, con la que participó en la animación y difusión de la emisión semanal de noticias de América Latina en una emisora de radio local. Tampoco faltaba nunca a una manifestación popular contra las alzas de los precios, la discriminación o cualquier causa noble en favor de las clases populares.
Fue también entre los latinos donde conoció a Julieta, una colombiana madre de dos hijos, Michel y Philibert, instalada en la región mucho antes que él. Con ella tuvo a su hijo menor, Ernesto, a quien dedicó toda la energía y el tiempo que no había entregado a sus hermanos mayores en Colombia.
Treinta años después de haber partido de Cali logró reunirse con Violeta en Francia. Ella le dio la alegría de dos nietos franco-colombianos. A Honoré nunca volvió a verlo, aunque mantuvieron contacto epistolar durante toda la vida.
El reencuentro con su primera esposa sucedió cuarenta años después, cuando Luis, enfermo y en el ocaso de su vida, recibió a Lucrecia en casa de Ernesto. Él y su esposa Marina son los padres de la pequeña Marie, la última nieta que llegó a conocer.
La salud de Luis comenzó a deteriorarse. Sus visitas a los amigos se hicieron cada vez más escasas, aunque sus caminatas —ahora más cortas— continuaron como remedio para todos los males.
En una ocasión, un fuerte dolor en el pecho lo asustó lo suficiente como para buscar ayuda. Tuvo que caminar unos doscientos metros hasta el hospital más cercano. Al llegar, la muchedumbre desordenada que esperaba atención le impidió acercarse al puesto de recepción. Con un dolor apenas soportable, salió de nuevo en busca de su médico habitual, a unos trescientos metros de allí. Bajo la total indiferencia de los transeúntes, Luis avanzó titubeante, apoyándose en las paredes hasta alcanzar el consultorio. Por fortuna, desde allí fue enviado de inmediato a un centro especializado en enfermedades del corazón. Había recorrido medio kilómetro sufriendo una angina inestable, antesala del infarto de miocardio.
Era el principio del fin. Aceptó a regañadientes dos cirugías. Durante meses rechazó los medicamentos que le provocaban más malestar que alivio. No sin razón, siempre había desconfiado de los remedios de la alopatía que consideraba venenos del sistema fármaco-financiero mundial.
Aquel hombre, otrora fogoso y desbordante de energía, yacía entonces a la merced de los otros: se hundía en el lecho, se consumía en el letargo de la invalidez. Convencido de que no era posible vivir de ese modo, ordenó a su cuerpo resistir, levantarse… o morir sin más tardar. Y ese cuerpo testarudo y exhausto eligió fallecer en una mañana tibia de la primavera bordelesa.
Hoy todos saben que Luis Barragán fue un hombre feliz.

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