Los mercados ya no son como los pintan

Plaza central de Barichara, Colombia.

Los sábados por la mañana, mi madre y yo solemos caminar hacia la parada del bus que nos conduce a la plaza del mercado de la ciudad. Allí compramos las frutas y verduras frescas que nuestra familia consume cada semana. Somos seis en mi casa: mi padre, mi madre, mis tres hermanos y yo, el menor. La cuba, me dicen, aunque ya soy un joven adulto. Al cabo de unos minutos de espera, tomamos un perezoso y colorido bus que se desliza lentamente por la carretera cuarteada y polvorienta. Nos dirigimos sonrientes hacia la locura de los hombres modernos: la Capital. Yo siempre llevo conmigo los cálidos recuerdos de mi vida pueblerina que me protegen del monstruo que se acerca. 

A través de la pequeña ventanilla, observo a lo lejos un denso velo de neblina matinal que sumerge la ciudad en la oscuridad. Más allá, en el horizonte, algunos rascacielos brotan caóticos, erguidos como espectros, perforando las nubes cargadas de hollín y de tormento. Su danza inmóvil hace temblar de angustia la ciudad entera, y a las afueras de aquel mundo vertical, languidecen montañas de arcilla roja, resquebrajadas por la sequía y la tala salvaje, montañas otrora verdes y coloridas. 

Como hormigas dóciles y apuradas, la marea de obreros-esclavos llena poco a poco las calles. A lo largo de las grandes avenidas, decenas de buses destartalados y apestados de gente, ya sudando angustia, forman ríos de chatarra jadeante. El único color en aquel paisaje fúnebre es el óxido ocre desteñido del metal de sus latas.

La ciudad despierta. Sobre las aceras se alzan jirones de toldos en plástico que almacenan mercancías de contrabando: baratijas, desechos, chucherías sobrantes de los imperios. Sí, la ciudad despierta y con ella despiertan también el hambre, el rencor y la ansiedad, como un cáncer que corroe el alma de la niñez perdida, el vientre de los jóvenes mendigos y la esperanza de los hombres ambulantes sin techo.

Al llegar a nuestro destino después de una hora de viaje, el bus nos abre sus puertas en medio del tráfico anárquico y los gases pestilentes. Atravesamos la ancha calle corriendo y sin parar, evitando ser atropellados por los carros e ignorando los pitos y las palabras insultantes de choferes energúmenos. Segundos más tarde alcanzamos a saltos el andén, agitados, yo con la cara arrugada del susto, mi madre erguida, lista para seguir el camino hacia el mercado.

Mi madre es una mujer echá pa’ l’ante. Camina segura, siempre con la frente alta. A pesar de su baja estatura, yo la veo imponente, gigante. En ocasiones, cuando paseamos por el parque del pueblo hablando de la familia y de las cosas de la vida, me toma firmemente del brazo como para afirmar sus pensamientos. Esto me da una gran satisfacción: me siento responsable de su destino, aunque sea ella en realidad quien decide nuestro camino. Siempre ha sido así, nuestra familia es dirigida por ella, con amor y con firmeza, con diplomacia y resolución.

El mercado se encuentra a solo cinco cuadras del lugar donde llegamos. Avanzamos presurosos entre la multitud, ansiosos de llenar nuestros canastos de mimbre con los mejores productos frescos del campo.

Ya se avistan los camiones que descargan los bultos de cebollas, ullucos, arracachas y papas venidas de lo más alto de la cordillera; aguacates, mangos, mandarinas, cilantro y naranjas de las zonas templadas; zapotes, nísperos, tamarindos y bananos de las zonas costeras. Mi madre adora el níspero porque le recuerda su infancia de conchas multicolores en la playa, la cálida brisa del mar cargada de salitre y la paz de los atardeceres frescos en los que la familia se reunía en el patio de la casa para escuchar las historias fantásticas del abuelo en su mecedora.

En esta nuestra gran plaza de mercado citadina, el colorido pintoresco del mercado de pueblo ha desaparecido. La voz graciosa y calurosa de la vendedora de frutas y verduras se ha convertido en un altavoz estridente que anuncia tentadoras promociones de productos estropeados; construcciones en concreto de techos metálicos altísimos remplazan la guadua y la palma de las antiguas chazas; los coteros utilizan montacargas mecanizados y en cada puesto hay una caja registradora en la que se puede pagar con tarjeta de crédito y «en módicas cuotas mensuales». Para completar, las gentes más pudientes llegan a hacer sus compras en automóvil, creando así desorden, estrés y bulla al interior de la plaza. Esto se llama una central de abastos. En realidad, está pensada para el comercio mayorista, pero las familias también se precipitan allí en busca de precios bajos y una cierta idea de calidad, que no siempre se verifica.

Pueblos de Colombia

Barichara, Uno de los más hermosos municipios colombianos del departamento de Santander del sur. Con sus 7.500 habitantes, este pueblo de fachadas coloridas y gentes amables, es el lugar ideal para disfrutar de un clima cálido tropical seco y descubrir las delicias culinarias de la región.

Mi madre encuentra las frutas más caras que nunca. También las verduras. Todos los precios han subido. ¡Qué locura! ¡Sobre todo las frutas! Va a ser difícil llenar los canastos. Es una situación absurda. Nuestra tierra siempre ha sido generosa, nuestros huertos fértiles. No hay razón legítima que justifique los precios altos y los ingresos bajos de los campesinos. «Es un problema de regulación», nos dicen los que saben. Pero los reguladores no regulan. O lo hacen en favor de otros.

Después de una selección meticulosa de peso, olor, color e incluso sabor, mi madre compra lo que puede. Los billetes los tiene bien guardados, y perfectamente doblados, en su diminuto monedero en cuero, grabado con dibujos coloridos de personajes muiscas hechos a mano. Entretanto, bajo la llovizna, la gente se empuja para aprovechar las promociones de hartón, de papa y de cebolla. En general, son los excesos de carga de los grandes camiones o productos maltratados en el transporte. Sin duda no son los mejores.

De repente se escucha un ¡Ay! Una cáscara de banano manda al suelo a un hombre distraído que vocifera adolorido. ¡Juepuerca! Más allá, una mujer grita: ¡Mi bolso, me robaron el bolso!

Antes, cuando era niño, el día de mercado era un paseo. Una caminata deliciosa. Los canastos rebosaban de aromas y colores y siempre quedaban unas monedas en los bolsillos para disfrutar de una golosina. Regresábamos a casa contentos, comiendo sin tardar los frutos frescos que habíamos comprado en abundancia. Hoy, el paseo se ha convertido en un calvario: canastos medio llenos, bolsillos vacíos. Además, la plaza es una pocilga, ruidosa y desordenada, un lugar del cual se desea salir corriendo cuanto antes.

En casa se han reducido las raciones. Tomamos jugo de fruta cada dos días y la carne aparece muy de vez en cuando. Generalmente, es el día de la quincena. Yo no trabajo, soy universitario. Mi padre quiere que yo sea un gran profesional para salir de la olla, dice. Y, de cierta manera, lo seré: dentro de unos años recibiré mi título de Doctor en ciencias de los problemas del pueblo. Estudio sociología: la única facultad que acepta estudiantes sin plata y que desean saber por qué no la tienen.

Sin embargo, y muy a pesar de la crisis económica que nunca termina, hemos logrado conservar ciertos ritos familiares. El sancocho dominguero (de puerco, pollo o res, según los precios y el presupuesto de la semana) que mi madre prepara con un gusto sin igual y que nos reúne al mediodía alrededor de la mesa. No sé qué brujería utiliza ella para crear semejante delicia. Malicia indígena, quizá. O le echa quereme. En algunas ocasiones, cuando regreso a la casa los domingos a la hora del almuerzo, percibo desde lejos, como un perro que olfatea su presa, el olor del cilantro en el caldo hirviente; entonces me apresuro a entrar y tomar mi puesto frente al plato humeante, oloroso y colorido. ¡El cilantro! Yerba amada por unos, odiada por otros. En mi familia todos hacemos parte de los adoradores del cilantro. Pero también de la yuca, el plátano maduro y la papa criolla, verdadero tesoro de la cocina de las altas regiones andinas.

Al final de la mañana, luego de deambular entre todos los puestos del mercado, y de abstenerse de comprar muchos productos, partimos en silencio de regreso al pueblo. Mi madre tiene el ceño fruncido. Está brava, irritada por la situación económica. Con su mano agarrada a mi brazo, yo sigo su camino. Como siempre lo hemos hecho, siempre hemos seguido su ruta.

Nuestros canastos están ligeros, los cargamos sin dificultad. En nuestro pecho un cierto vacío de tristeza nos pesa al caminar.

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